Dicen que las cicatrices son todo aquello que nos hizo daño alguna vez, dejando un recuerdo imborrable en nuestro interior.
¿Qué pasa cuando tenemos demasiadas? o ¿cuando algunas de ellas todavía hoy nos bloquean del presente? ¿Y las que escuecen?, ¿Y las que no han cicatrizado bien? Y...
"Somos demasiado jóvenes para estar tan amargados" pero, ¿qué pasa cuando vemos el vaso medio vacío? cuando acumulamos el dolor en nuestro interior y dejamos que nos marque, nos arañe y nos consuma. Dejamos que el dolor nos perfore el alma porque no podemos evitar sentirnos débiles, a veces demasiado a menudo. Pues entonces, ¿cómo vamos a ser felices así?
No podemos borrar lo que nos ha hecho daño, pero si podemos superarlo, ponerle alcohol a la herida y esperar a que deje de escocer. Para ello necesitamos tener fuerza y paciencia, y la fuerza nace de la ilusión, que nace a su vez de las ganas de lograr tus objetivos para llegar a ser felices. Como vemos, es un pez que se muerde la cola, es decir, todo es una cadena que da vueltas, y si una pieza falla, lo hace el resto. Si no somos felices no tenemos ilusión, y sin ilusión no hay fuerza por lograr los objetivos, lo que se convierte en dolor, que acaba, en definitiva, dejando cicatriz.
Las cicatrices definen quienes somos, son nuestra identidad, nuestro código de barras, como nuestro ADN
No podemos conocer a alguien del todo si no llegamos a conocer todo lo que esconde bajo la piel.
Eso sí, cuando confiamos en alguien y las dejamos entrar más allá es cuando nos convertimos en seres vulnerables, ya que dejamos desnudo nuestro interior, pudiendo dañarnos de nuevo.
Hay que saber en quién confiar, porque no nos daña quien quiere, sino quien puede.
No hay comentarios:
Publicar un comentario