No es porque hagas las cosas
fáciles, sino simplemente porque haces que valga la pena hacerlas, que más dará
la edad o la distancia el amor supera cualquier barrera. No es porque tengas
esa sonrisa o esas maneras, es porque, aunque te cueste creerlo, se han
convertido en las únicas que quiero ver a todas horas del día. Alguien me dijo una vez
que si crees que algo merece la pena, hay que apostar por ello. Nada se
compara a ti; ni la Torre Eiffel, ni un gol en la final de la Champions, ni
entrar en el Olimpo de los dioses, ni las mañanas de invierno, ni el frío ni el
calor, ni el Empire State, ni un día en Roma, ni los 14 de febrero, ni los
reencuentros, ni las estrellas fugaces.
Tampoco el chocolate con almendras, ni el número 15, ni el orgasmo más
satisfactorio, ni el mayor chute de heroína, ni una caída a más de 7000 metros,
ni una descarga eléctrica que te paralice, ni la banda sonora de Titanic, ni
una de 43 con lima, ni las canciones que te hacen recordar, ni tampoco los
atardeceres y mucho menos los amaneceres.
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